MARÍA SANTÍSIMA
“… el
ángel Gabriel fue enviado por Dios… a una virgen...
El
nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo:
«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo»”
(Evangelio según San Lucas 1,26-28).
Fray ANTONIO ROYO MARÍN O. P., en su obra La Devoción
a María, explica:
“Para comprender el verdadero sentido y alcance de la
devoción a María es conveniente tener ideas claras Sobre el concepto mismo de
la devoción en general…
En sentido teológico estricto, la devoción consiste en
una voluntad pronta para entregarse
con fervor a las cosas
que pertenecen al servicio de Dios. Son, pues, devotos los que se entregan o
consagran por entero a Dios y le permanecen totalmente sumisos. Su nota típica
y esencial es la prontitud de la
voluntad, dispuesta siempre a entregarse al servicio de Dios.
Los verdaderos devotos están siempre disponibles para todo cuanto se refiera al
culto o servicio de Dios (Santo Tomás de Aquino, II-II 82,1).
La devoción es un acto de la virtud de la religión, aunque proviene
también de la virtud de la caridad. Si se intenta con ello la unión amorosa con Dios, es
un acto de caridad; si se intenta el culto o servicio de Dios, es acto de religión. Son
dos virtudes que se influyen mutuamente: La caridad causa la devoción, en
cuanto que el amor nos hace prontos para servir al amigo; y, a su
vez, la devoción aumenta el amor, porque la amistad se
conserva y aumenta con los servicios prestados al amigo (Santo
Tomás de Aquino, II-II 82,2).
Santo Tomás advierte que la devoción, como acto de
religión que es, recae propiamente en Dios, no en sus criaturas. De donde la
devoción a los santos - incluso a la
misma devoción a María- no debe terminar
en ellos mismos, sino en Dios a través de ellos. En los santos
veneramos propiamente lo que tienen
de Dios, o sea, a Dios en ellos (Santo Tomás de Aquino, II-II 82,2).
La causa extrínseca y principal de la devoción es Dios,
que llama a los que quiere y enciende en sus almas el fuego de la devoción.
Pero la causa intrínseca por parte nuestra es la meditación o contemplación de
la divina bondad y de los beneficios divinos, juntamente con la consideración
de nuestra miseria, que excluye la presunción y nos empuja a someternos
totalmente a Dios, de quien nos vendrá el auxilio y remedio. Su efecto más
propio y principal es llenar al alma de espiritual alegría, aunque a veces
accidentalmente puede causar tristeza según Dios, ya sea por no poseer
plenamente a Dios o por la consideración de los propios defectos, que nos impiden
la entrega total al mismo Dios (Santo Tomás de Aquino, II-II 82,3 y 4).
No hay que confundir el fervor o prontitud de la voluntad -en
que consiste esencialmente la devoción- con el sentimiento de ese fervor, que son cosas
completamente distintas. El fervor o prontitud consiste primaria
y principalmente en la enérgica determinación de la voluntad de
permanecer fielmente consagrado al servicio de Dios, a pesar
de las frecuentes y dolorosas sequedades, arideces y pruebas
espirituales. Este fervor de la voluntad, llamado también devoción substancial, constituye,
a la vez, el fundamento firme sobre el que descansa toda la
práctica de la devoción y la causa de todo su mérito ante Dios. Sin Él, la
devoción puramente sensible no tiene consistencia ni utilidad verdadera.
Con Él, el alma permanece tranquila e inquebrantable en el servicio de Dios a
través de todas las fluctuaciones de las impresiones sensibles. En medio de la
árida desolación de las purificaciones pasivas y de la ausencia de toda
consolación -como ocurre con frecuencia, sobre todo a las almas
fuertes, que Dios purifica de una manera más intensa y rápida-,
la devoción substancial continúa empujando y sosteniendo al
alma en el servicio de Dios, como si estuviera nadando en un mar
de consolaciones sensibles.
Sin embargo, cuando Dios las da, no deben despreciarse estas
consolaciones sensibles, pues constituyen un poderoso estímulo para la
actividad espiritual en el servicio de Dios; a condición, empero, de no apegarse
desordenadamente a ellas -buscando las consolaciones de Dios en vez de al Dios
de las consolaciones- y de ir siempre acompañadas de una humilde desconfianza
de sí mismos y de la práctica efectiva de todas las virtudes.
Este fervor de la devoción, en vez de ser un simple acto
transitorio y pasajero, puede y debe convertirse en una disposición habitual,
que exista e influya en la práctica de todos los actos del culto divino.
Alimentada por una generosa y constante caridad y fortalecida por los dones del
Espíritu Santo, particularmente los de piedad, entendimiento, ciencia y
sabiduría, esta disposición habitual es ayudada todavía por una incesante práctica
de los deberes del propio estado cumplidos fidelísimamente. Para ser perfecta,
esta devoción habitual debe extenderse no solamente a los actos religiosos preceptuados
por algún mandamiento divino o eclesiástico, sino incluso a todo aquello que
aparezca claramente ante la propia conciencia como más agradable a Dios”.
Fray VINCENT-MARIE BERNADOT O.
P., en su obra La Virgen María en nuestra vida, nos dice el contenido 7 “Para gloria de la Santísima Trinidad”, que:
La esencia de la vida interior es la devoción a la Santísima
Trinidad. Es absolutamente necesario a la piedad alimentar sentimientos especiales
para cada una de las Tres Divinas Personas: Amor filial para el Padre que nos
ha dado su Hijo único; confianza absoluta en el Verbo, nuestro redentor y
mediador universal; abandono en el Espíritu Santo, huésped de nuestra alma, guía,
maestro y proveedor nuestro en la vida espiritual.
La santidad es la unión inefable de Dios consigo mismo
en la trinidad de las personas. Esta adherencia infinita del Padre y del Hijo en
la unidad del Espíritu Santo, este movimiento de amor que consuma su unidad
colmando su bienaventuranza y hace que Dios encuentre en Él toda su felicidad,
en su naturaleza y en la unión de las Tres Personas: Es la santidad divina.
Dios es santo porque la perfección de su naturaleza lo separa íntimamente de lo
que no es Él, y porque es infinitamente feliz en el abrazo viviente que las Tres
Personas se dan a sí mismas.
Igualmente, nuestra Señora es santa. Su nombre
incomunicable es la santísima Virgen. Es santa porque es virgen. La
virginidad es la integridad, la ausencia de división. Es santa porque, fundada
en Dios desde su creación, jamás ha buscado ninguna complacencia fuera de Dios,
ha vivido en Dios, siempre mirando a Dios.
Para nosotros, la santidad no puede ser más que la imitación
de esta santidad de Dios: La adhesión a Dios por la inteligencia, la voluntad y
los actos exteriores para no ser con Él, como dice san Pablo, más «que un
solo y un mismo espíritu» (Primera
Corintios 6,17).
Es reducir todo a la unidad, no tener más que de Dios.
¿Quién nos hará alcanzar esta perfección de nuestra
vida? También nuestra Señora.
Por su virginidad, es la hija muy únicamente amada del
Padre: Ella nos introducirá en la adopción divina, por ella seremos hijos.
Por su maternidad divina, es la madre del Hijo único
de Dios: Hará de nosotros hermanos de su primogénito.
Por su maternidad humana, es la esposa del Espíritu
Santo: por ella entraremos en el cuerpo místico, y las gracias de la redención fluirán
de ella hasta nosotros.
1. LA VIRGEN MARIA NOS UNE AL PADRE
María es la hija soberanamente privilegiada del Padre.
Toda la hermosura que Dios ha podido reunir en una criatura se la ha dado a María.
Ha querido que la plenitud de la naturaleza y de la gracia se condensen en una
criatura que no es más que criatura, que manifiesta la idea primera de Dios en
la creación: Esta es la Madre de su Hijo. Ha recibido más dones que todos los ángeles
y los hombres juntos. Todo
el esplendor que el Padre había acumulado en la creación
angélica, toda la vida y virtud que había puesto en la creación de los hombres,
lo junta y sobrepasa en la formación de la Madre de su Hijo. Ella sola es «llena
de gracia». Esto lo dice todo. En ella podéis leer, mejor que en todas las
criaturas, el poder y el amor de Dios. Es el espejo del Invisible, tanto como
una criatura puede serlo.
La liturgia nos dice que la encarnación tenía por fin
hacernos llegar al amor del Padre invisible por el conocimiento del Hijo hecho visible
en la carne. Dios no debe quedar en una luz inaccesible: Él que es nuestra
vida, nuestra luz, debe estar al alcance humano. Se ha manifestado, primero, en
el Verbo encarnado, y después, en María,
forma ideal de la criatura unida a Dios. Así podemos
saber, en Jesús, lo que Dios es para nosotros; en María, lo que desea que
seamos para Él.
Esta creación de la Virgen en la gloria de la
virginidad y de la gracia la hacen ya el objeto único de las complacencias del
Padre.
Pero su intimidad se ha hecho más profunda hasta un
grado inaudito cuando nuestra Señora ha dado a luz al Verbo. Aquí la palabra es
impotente. «Para formar en vos, dice
Bossuet, una sociedad eterna, ha querido que fueseis Madre de su Hijo único, y
ser el Padre del vuestro. ¡Oh prodigio! ¡Oh abismo de caridad! Que espíritu no
se perderá en la consideración de estas complacencias incomprensibles que ha
tenido por vos desde que lo tocáis tan de cerca por este común Hijo, lazo invisible
de vuestra santa alianza, prenda de vuestros mutuos afectos que os habéis dado
amorosamente el uno al otro».
«Nuestro
comûn hijo». Dios Padre y María
se encuentran en un centra de amor común, Jesús, su hijo único; se dicen una
inefable unión: «Lo que es mío es tuyo».
Solo la unión de las Tres Divinas Personas aventaja a la unión del Padre y de
la Virgen. «Estas dos personas sagradas,
el Padre que está en el cielo y la madre que está en la tierra, están ahora
entrelazadas, y tienen también por lazo de su unión santa una persona divina,
un mismo Hijo, que procede de ellos y es entre ellos el lazo indisoluble al que
están unidos eternamente». (Bérulle).
Esta unión seguirá más lejos todavía: La maternidad de
nuestra Señora alcanzará tanto como la paternidad de Dios; Madre del Hijo por
naturaleza, se hace Madre de los hijos de adopción. Dios tiene hijos, pero por
ella; si la gracia da hijos al Padre, ¿no se les debe a nuestra Señora? Para
formar el cuerpo místico hacía falta primeramente la encarnación y el «Hágase»
de María.
Se adivina la consecuencia: Y esta es, que
aprenderemos a obrar como hijos de Dios por nuestra Señora, madre nuestra en la
gracia.
Toda nuestra vida sobrenatural descansa en la filiación
eterna del Verbo. Nuestra filiación adoptiva, nos dice santo Tomás, es la conformidad
con la filiación del Verbo eterno y nos hace participar en la unidad del Verbo
con su Padre. Es el fondo de nuestro estado sobrenatural.
Pero hace falta que nuestros actos procedan de este
estado: Vivir, orar, trabajar, sufrir como hijos de Dios. «Sed imitadores de
Dios como hijos muy amados» (San
Pablo a los Efesios 5,1). «Andad como hijos de luz». «Cuando orareis,
decid: Padre nuestro».
El Padre estrecha en un mismo amor a su Hijo único y a
sus hijos de adopción: «Él que me ama será amado por mi Padre... El Padre
os ama porque vosotros me amasteis y habéis creído que yo salí de Dios» (Evangelio según San Juan 14, 21; 16, 27). El amor
eterno del Padre para con su Hijo desciende al mismo tiempo sobre los hijos
adoptivos; Jesús nos lo asegura: «Padre, yo les he dado la gloria que
Tú me diste, para que sean uno como también nosotros somos uno. Yo en
ellos y Tú en Mí, para que sean perfectamente uno, y que conozca el
mundo que Tú me has enviado, y que los has amado como también me amaste
a Mi» (Evangelio según San Juan 17,22-23).
Por lo tanto, el deber esencial del cristiano es ser
en todo hijo de Dios. Invoquemos la maternidad de María. La misión soberana es formar
los hijos de Dios. La mayor dicha que podemos proporcionarle es permitirle que
nos dé a luz en la gracia. Que nos conceda el sentido filial para amar al
Padre, y hablarle como hijos.
2. LA VIRGEN MARIA NOS UNE AL VERBO
¿Quién podrá jamás decir la unión de María con Jesús?
Dios solo puede comprenderla. En el momento de la encarnación, María da lo más
puro de su sangre para la formación del cuerpo del Verbo. ¡Qué amor acompaño
este don! El Hijo de Dios corresponde con un amor más grande todavía: Le da una
gracia inmensa, su vida divina: Es todo para ella. Con una predilección única,
la Trinidad había formado el corazón de la Virgen para que fuese la Madre del
Verbo encarnado, y pudiese amar, como convenía, al Hombre-Dios. Esta unión ha
ido siempre creciendo durante la vida terrestre de Jesús: Pensad en la unión formada
por la vida de Nazaret, el trabajo común, la pobreza soportada juntamente, el
mismo deseo de la salvación de los hombres.
Había allí correspondencias inauditas: De Jesús a María,
gracias de luz, como una revelación incesante de los misterios divinos; de María
a Jesús, una perfecta adaptación a estas gracias, una docilidad admirable a
toda inspiración, el pleno desarrollo del amor. Pensad, sobre todo, en su unión
en el Calvario, cuando un mismo querer les hacía aceptar el admirable
sacrificio. Eran verdaderamente una sola cosa.
«Hablando de vos, María, hablamos de Jesús. Hablando
de vuestras disposiciones, hablamos de aquellas en que debe ser concebido. Sois
de él, sois por él, sois para él. Y como las Personas Divinas no tienen
subsistencia en la Trinidad más que en sus mutuas relaciones, vos también, oh
Virgen santa, oh persona divina y humana juntamente, divina en gracia y humana
en naturaleza, no tenéis subsistencia en la gracia más que por relación a Jesús:
No vivís más que por su gracia antes de que viva en vos por la naturaleza. No respiráis
más que por su espíritu, y vuestras gracias y vuestras grandezas, suyas son».
(Bérulle).
Se comprende que esta unión inefable permita a nuestra
Señora unirnos a Jesús. Esta unión con Cristo Jesús es el fin que San Pablo no cesa
de señalar a nuestra vida espiritual: «Para mí el vivir es Cristo» (Filipenses 1,21).
¿Quién nos dará a Cristo? El Padre. Mas Él lo da por María.
Nuestra Señora nos revela a Jesús. Nos ensena a contemplarlo. ¿No se ha ocupado
ella durante toda su vida en esta contemplación? No se puede pensar sin una
especie de deslumbramiento interior en esta vida íntima de nuestra Señora
mirando a Jesús con su amor de Madre y con su inmensa fe. Las acciones de Jesús,
sus palabras, todo era para María como una nueva revelación. Cada gesto de Jesús
despertaba en María una vibración intima, profunda, dando lugar a nuevos actos
de perfecto amor.
Con frecuencia, la liturgia nos invita a pedir a
nuestra Señora que nos revele a su Hijo: «Muéstranos a Jesús, fruto bendito de
tu vientre». Este conocimiento de Jesús es, en efecto, el punto de partida del
amor. La caridad de Cristo se revela entonces a nosotros, esa caridad que le
hace nuestro hermano. «Esa caridad nos urge» (Segunda a los Corintios 5,14), como dice el apóstol. Nos
fuerza a vivir como Jesús, a sufrir como Jesús, a continuar su obra en la
Iglesia. Toda la vida cristiana, ¿qué es sino la continuación de la vida de Jesús por la práctica de
las mismas virtudes? Cristo prolonga su vida en mí por su gracia. Es mi vida,
mas también es la suya. «Si, vivo yo, ya no yo, mas vive Cristo en mi». La gloria de Dios esta procurada: «Todo es
vuestro y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (Primera a los Corintios 3,23).
3. LA VIRGEN MARIA NOS UNE AL ESPIRITU SANTO
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Evangelio según San Lucas 1,35), dijo el ángel
a nuestra Señora. Había venido ya en la primera santificación, en el momento de
la creación de María, de la concepción inmaculada. «Llena eres de gracia»,
dijo, además, el ángel: Toda gracia que una criatura puede recibir la ha
recibido ella en toda la capacidad de su ser. Nada de los dones de Dios se le
ha negado. La Trinidad ha creado un alma capaz de recibir todos sus dones, en
la que encontraría una alegría singular y un gran motivo de gloria. Por decirlo
así, el Espíritu Santo se había apoderado de María desde su creación y la había
inundado de la vida divina para prepararla a recibir al Verbo. Él es quien
fecunda a María.
Forma en ella el cuerpo del Verbo: «El Espíritu
Santo vendrá sobre ti, y por eso el Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de
Dios» (Evangelio según San Lucas 1,35).
Después, siempre es así. El Espíritu Santo continúa
formando el cuerpo místico de Cristo, y lo hace por medio de María. La formación
de los santos es su obra común.
Esto nos declara la unión de nuestra Señora con el Espíritu
Santo.
El Espíritu Santo le hace conocer la vocación de cada
uno de los miembros de Cristo, el grado de gloria que debe conseguir, sus
peligros actuales, las gracias que necesita. Todo el plan de la predestinación le
es conocido: Ella lo realiza. Puesto que ninguna gracia se da a las almas sin
la mediación de María, esta es la prueba de que el Espíritu Santo le revela el estado del cuerpo místico, y la misión
de hacerlo progresar. ¡Qué unión en esta
colaboración siempre actual del Espíritu Santo y nuestra Señora en la formación
de Cristo! Hacen a Jesús en la Iglesia. Lo hacen en mí. Dondequiera que nace Jesús,
es como la primera vez: Nace del Espíritu Santo y de María.
Nuestra Señora atrae sobre nosotros al Espíritu Santo:
«Cuando el Espíritu Santo ha encontrado a
María en un alma, dice san Luis G. de Montfort, vuela allá, entra en ella plenamente, se comunica abundantemente a
esta alma, tanto como ella da lugar a esta esposa; y una de las grandes razones
por las que el Espíritu Santo no hace ahora maravillas sorprendentes en las almas
es porque no encuentra en ellas una grande unión con su fiel e indisoluble
esposa» (Tratado de la
verdadera devoción).
Por esta presencia activa del Espíritu Santo, acabamos
de entrar en la familia divina. Él nos revela a Jesús, como Jesús nos lo había anunciado.
Nos da el sentido filial. «Habéis recibido el espíritu de adopción de
hijos por el cual clamamos: Abba, Padre» (San Pablo a los Romanos 8,15). Es el Espíritu de Jesús.
«Por cuanto vosotros sois hijos, ha enviado Dios a vuestros corazones
el Espíritu de su Hijo» (San Pablo
a los Gálatas 4,6). Este Espíritu obra en nosotros, dirige
nuestra actividad, como ha dirigido la actividad humana de Jesús, y como dirige
la Iglesia. «Los que son movidos del Espíritu de Dios son hijos de
Dios», dice san Pablo (San Pablo a
los Romanos 8,14). Entonces sabemos orar como hijos: «El Espíritu
ayuda nuestra flaqueza, porque no sabemos lo que hemos de pedir como conviene,
mas el mismo Espíritu pide por
nosotros con gemidos inexplicables» (San
Pablo a los Romanos 8,36).
Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, para que
seamos dignos de alcanzar
las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.



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